DECLARACIÓN FINAL DE LOS MOVIMIENTOS Y ORGANIZACIONES SOCIALES DURANTE EL ENCUENTRO DE LOS PUEBLOS POR LA PAZ, LA SOBERANÍA Y EL FUTURO.




 Los movimientos, la organizaciones sociales, las y los invitados internacionales de América Latina y El Caribe reunidos en la Ciudad de México, en el marco de la celebración del “Encuentro de los Pueblos por la Paz, la Soberanía y el Futuro” el viernes 16 y sábado 17 de junio de 2017, como acto de protesta y de denuncia contra la infame celebración del 47° Periodo Ordinario de Sesiones de la Organización de Estados Americanos (OEA) emitimos la siguiente Declaración: Expresamos nuestro más firme respaldo a la Proclamación de América Latina y El Caribe como Zona de Paz y libre de colonialismo, tal como fue acordado por unanimidad por todos los Gobiernos de Nuestra América en Enero de 2014 por la Segunda Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

 Respaldamos a los pueblos latinoamericanos y caribeños que día a día padecen el injerencismo e intervencionismo mientras luchan denodadamente por la construcción de un futuro libre, soberano e independiente. Merecen especial mención el pueblo cubano que tiene ya más de 60 años resistiendo el más brutal y criminal bloqueo impuesto por los Estados Unidos de América; y el pueblo venezolano que desde hace 17 años está sufriendo una despiadada “guerra de baja intensidad” que afecta los logros alcanzados en materia política, económica y social. Frente a las agresiones y amenazas contra nuestra querida Cuba y nuestra Venezuela hermana llamamos a la unidad y lucha de los pueblos de la Patria Grande! No pasarán! Cuba y Venezuela seguirán juntas en el ALBA,

 2 PETROCARIBE y CELAC enarbolando las banderas de Bolívar, Martí, del Comandante Fidel y Chávez! Considerando que, desde sus orígenes la Organización de Estados Americanos ha respondido a los intereses hegemónicos de los Estados Unidos de América y ha servido de sustento ideológico de la Doctrina Monroe de “América para los americanos”. - que la Organización de Estados Americanos fue pieza fundamental para la implementación del “macartismo” en nuestra región, persiguiendo, saboteando y conspirando contra los regímenes populares de corte progresista que se dieron en el continente durante los últimos 60 años, siendo cómplice de las dictaduras más atroces vividas en nuestros países. - que la Organización de Estados Americanos se ha convertido con el devenir de los años en un instrumento para la desintegración política, social y económica de la región latino – caribeña, que no representa los intereses legítimos de nuestros pueblos y que por el contrario se ha convertido en una especie de Tribunal de la Inquisición al servicio del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América. Los pueblos de América Latina y El Caribe reunidos en la Ciudad de México resuelven: Denunciar el descaro con que la Organización de Estados Americanos pretende hablar sobre “democracia y derechos humanos” durante este 47° periodo de sesiones, omitiendo la flagrante y constante violación de  Derechos Humanos al que están sometidos los pueblos latinoamericanos y caribeños. Solidarizarnos con los desaparecidos, y sus familiares, víctimas del narcotráfico, el feminicidio, la violencia del Estado, que hoy están siendo invisibilizadas por la gran mayoría de los Estados participantes de la 47° reunión de sesiones. Exigir el inicio de un proceso verificable y creíble de justicia, verdad y reparación en todos y cada uno de los casos de violación de Derechos Humanos que quedan aún sin culpables. Repudiar la política antimigrante y anti latino – caribeña que el Gobierno de Donald Trump vienen impulsando desde la Casa Blanca sin que la Organización de Estados Americanos actúe de forma eficaz en pro de la defensa de los Derechos Humanos de nuestros hermanos y hermanos migrantes. Condenar el bloqueo criminal y unilateral que los Estados Unidos de América tiene sobre la República de Cuba, exigiendo a la administración de Donald Trump que cese la hostilidad en contra de la Revolución Cubana y su pueblo. Rechazar las pretensiones intervencionistas e injerencistas que ciertos países, utilizando a la Organización de Estados Americanos como foro hemisférico, pretenden aplicar a la República Bolivariana de Venezuela, a su Revolución y a su pueblo.

 Condenar la actitud lacaya del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, quien se ha convertido en vocero y representante permanente de la oposición venezolana dentro de la organización. Apoyar la soberana decisión de la República Bolivariana de Venezuela de denunciar a la Organización de Estados Americanos y dar inicio a la 4 desvinculación con ese organismo, por considerarla anacrónica y una extensión del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América. Exhortar a los gobiernos latino – caribeños a fortalecer a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) como un espacio de legitimidad popular e histórica para encontrarnos los latino – caribeños como hermanos y hermanas. Consolidar a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) como un espacio ideal para debatir y discutir sobre nuestros problemas en el marco del respeto a la autodeterminación y la no injerencia en asuntos internos. Saludar la convocatoria a la Conferencia Mundial de los Pueblos realizada por el Estado Plurinacional de Bolivia a través del Compañero Presidente Evo Morales a realizarse entre los días 20 y 21 de junio en la ciudad de Cochabamba y de la cual esta reunión de México constituye una parte preparatoria. 

Hacer extensiva esa convocatoria a todos los movimientos y organizaciones sociales, partidos políticos y grupos de presión que creen en la construcción de un mundo menos desigual a debatir en dicha conferencia temas de relevancia como la ciudadanía universal y el derrumbe de muros. Conformar una red continental que sea expresión y prácitca de la DIPLOMACIA DE LOS PUEBLOS que permita dar seguimiento a las denuncias realizadas por este encuentro y siga visibilizando las flagrantes violaciones de derechos humanos que siguen ocurriendo hoy en nuestra región sin que gobiernos y organizaciones internacionales actúen con la contundencia que deberían. Convocar a ex Presidentes, ex Primeros Ministros y personalidades de América Latina y El Caribe, para establecer una plataforma permanente de solidaridad con Venezuela. 5 

Declarar a Delcy Rodríguez, Ministra del Poder Popular para Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela, Canciller de la dignidad de los pueblos de la Patria Grande. Una mención final, de repudio enfático, que es un clamor de nuestros pueblos en toda Latinoamérica y El Caribe, es nuestra denuncia contra las corporaciones mediáticas que han desatado la ofensiva de las mentiras, las calumnias y la desinformación contra el Gobierno Bolivariano de Venezuela y su presidente el compañero Nicolás Maduro. Están usando los Medios de Comunicación como verdareras Armas de Guerra Ideológica contra los Pueblos. Son los conglomerados mediáticos quienes están violando los derechos fundamentales de los pueblos a una comunicación e información libres y sin ataduras comerciales. Los pueblos aquí reunidos Luchamos por la verdadera Libertad de Expresión de los Pueblos y por la defensa del legítimo derecho social a una información objetiva, plural, participativa y crítica. Dada en la Ciudad de México, CDMX, a los dieciséis y diecisiete días del mes de junio de dos mil diecisiete.

FORO CONTRA LA GUERRA IMPERIALISTA Y LA OTAN: DONALD TRUMP SE DECLARA CONTRA LA PAZ Y CONTRA LA HISTORIA.

DECLARACIONES


: Sitio web del Foro
Desde el Foro Contra la Guerra Imperialista y la OTAN queremos manifestar nuestra más absoluta repulsa por la declaración de Trump contra la Paz, pues su intención de hacer volver las actuales relaciones entre EEUU y Cuba a tiempos de la guerra fría habla por si sola de poner a la isla independiente y soberana bajo el yugo del imperio más destructivo que ha conocido la Historia.

Trump se ha hecho con el poder económico y ha alcanzado el poder político, y ahora manifiesta el ansia de dominación militar, esa que viene desde su nacimiento y que ha generado tanto desprecio hacia EEUU en los pueblos del mundo. Siguiendo en ese proyecto, ahora Trump se plantea el cerco absoluto a Cuba soberana; con ello busca reorganizar el espacio geográfico que desde el 1º de Enero de 1959 no domina.

Trump, el representante del régimen que incumple resoluciones de la ONU, que incumple Acuerdos Internacionales, que incumple los Derechos Humanos, tanto en su territorio (sólo aplica 14 de los más de 60 preceptos que califican el respeto por ellos) como fuera de su territorio, ahora se propone reincidir en la medida de guerra que es el bloqueo, ilegal y bajo la condena de todos los gobiernos del mundo, para hacer volver atrás a la Historia en Cuba.

Si hasta ahora el bloqueo se ha visto acompañado por la ocupación de Guantánamo y aún así no ha conseguido ningún apoyo, es porque se le ve como único causante de agresiones contra la libertad de los pueblos y es porque resulta ser el opresor, dos aspectos que caracterizan al imperio, y para actualizar su manera de agredir continuadamente en busca de su opresión al pueblo cubano, ahora restablece un programa cuyo primer punto es el cerco económico para cercenar la creciente prosperidad de la economía cubana; se propone prohibir el turismo de EEUU a Cuba; se propone reafirmar el embargo impuesto a gobiernos y empresas que operan con Cuba, y oponerse a los acuerdos de la ONU y los organismos internacionales: una declaración de guerra y contra la Historia en toda su dimensión.

Que el régimen imperial, como principal enemigo de los Derechos de los Pueblos pretenda doblegar a la Cuba revolucionaria, sólo pone de manifiesto el ideario y la práctica política de la dictadura imperial, lo que requiere de los Pueblos y los gobiernos democráticos la mayor condena que se haya podido dar nunca, así como la más grande defensa de la Cuba que ha sabido preservar su independencia.

18 de junio de 2017.

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Declaración del Gobierno Revolucionario de Cuba ante Trump


Declaración del Gobierno Revolucionario

El 16 de junio de 2017, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en un discurso cargado de una retórica hostil, que rememoró los tiempos de la confrontación abierta con nuestro país, pronunciado en un teatro de Miami, anunció la política de su gobierno hacia Cuba que revierte avances alcanzados en los dos últimos años, después que el 17 de diciembre de 2014 los presidentes Raúl Castro Ruz y Barack Obama dieran a conocer la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas e iniciar un proceso hacia la normalización de los vínculos bilaterales.
En lo que constituye un retroceso en las relaciones entre los dos países, Trump pronunció un discurso y firmó en el propio acto una directiva de política denominada “Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los Estados Unidos hacia Cuba” disponiendo la eliminación de los intercambios educacionales “pueblo a pueblo” a título individual y una mayor fiscalización de los viajeros estadounidenses a Cuba, así como la prohibición de las transacciones económicas, comerciales y financieras de compañías norteamericanas con empresas cubanas vinculadas con las Fuerzas Armadas Revolucionarias y los servicios de inteligencia y seguridad, todo ello con el pretendido objetivo de privarnos de ingresos. El mandatario estadounidense justificó esta política con supuestas preocupaciones sobre la situación de los derechos humanos en Cuba y la necesidad de aplicar rigurosamente las leyes del bloqueo, condicionando su levantamiento, así como cualquier mejoría en las relaciones bilaterales, a que nuestro país realice cambios inherentes a su ordenamiento constitucional.
Trump derogó asimismo la Directiva Presidencial de Política “Normalización de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba”, emitida por el presidente Obama el 14 de octubre de 2016, la cual aunque no ocultaba el carácter injerencista de la política estadounidense, ni el objetivo de hacer avanzar sus intereses en la consecución de cambios en el orden económico, político y social de nuestro país, había reconocido la independencia, la soberanía y la autodeterminación de Cuba y al gobierno cubano como un interlocutor legítimo e igual, así como los beneficios que reportaría a ambos países y pueblos una relación de convivencia civilizada dentro de las grandes diferencias que existen entre los dos gobiernos. También admitía que el bloqueo era una política obsoleta y que debía ser eliminado.
Nuevamente el Gobierno de los Estados Unidos recurre a métodos coercitivos del pasado, al adoptar medidas de recrudecimiento del bloqueo, en vigor desde febrero de 1962, que no solo provoca daños y privaciones al pueblo cubano y constituye un innegable obstáculo al desarrollo de nuestra economía, sino que afecta también la soberanía y los intereses de otros países, concitando el rechazo internacional.
Las medidas anunciadas imponen trabas adicionales a las muy restringidas oportunidades que el sector empresarial estadounidense tenía para comerciar e invertir en Cuba.
A su vez, restringen aún más el derecho de los ciudadanos estadounidenses de visitar nuestro país, ya limitado por la obligación de usar licencias discriminatorias, en momentos en que el Congreso de los Estados Unidos, como reflejo del sentir de amplios sectores de esa sociedad, reclama no solo que se ponga fin a la prohibición de viajar, sino también que se eliminen las restricciones al comercio con Cuba.
Los anuncios del presidente Trump contradicen el apoyo mayoritario de la opinión pública estadounidense, incluyendo el de la emigración cubana en ese país, al levantamiento total del bloqueo y a las relaciones normales entre Cuba y los Estados Unidos.
En su lugar, el Presidente estadounidense, otra vez mal asesorado, toma decisiones que favorecen los intereses políticos de una minoría extremista de origen cubano del estado de Florida, que por motivaciones mezquinas no desiste de su pretensión de castigar a Cuba y a su pueblo, por ejercer el derecho legítimo y soberano de ser libre y haber tomado las riendas de su propio destino.
Posteriormente haremos un análisis más profundo del alcance y las implicaciones de este anuncio.
El Gobierno de Cuba denuncia las nuevas medidas de endurecimiento del bloqueo, que están destinadas a fracasar como se ha demostrado repetidamente en el pasado, y que no lograrán su propósito de debilitar a la Revolución ni doblegar al pueblo cubano, cuya resistencia a las agresiones de cualquier tipo y origen ha sido probada a lo largo de casi seis décadas.
El Gobierno de Cuba rechaza la manipulación con fines políticos y el doble rasero en el tratamiento del tema de los derechos humanos. El pueblo cubano disfruta de derechos y libertades fundamentales, y exhibe logros de los que se siente orgulloso y que son una quimera para muchos países del mundo, incluyendo a los propios Estados Unidos, como el derecho a la salud, la educación, la seguridad social, el salario igual por trabajo igual, los derechos de los niños, y el derecho a la alimentación, la paz y al desarrollo. Con sus modestos recursos, Cuba ha contribuido también a la mejoría de los derechos humanos en muchos lugares del mundo, a pesar de las limitaciones que le impone su condición de país bloqueado.
Los Estados Unidos no están en condiciones de darnos lecciones. Tenemos serias preocupaciones por el respeto y las garantías de los derechos humanos en ese país, donde hay numerosos casos de asesinatos, brutalidad y abusos policiales, en particular contra la población afroamericana; se viola el derecho a la vida como resultado de las muertes por armas de fuego; se explota el trabajo infantil y existen graves manifestaciones de discriminación racial; se amenaza con imponer más restricciones a los servicios de salud, que dejarían a 23 millones de personas sin seguro médico; existe la desigualdad salarial entre hombres y mujeres; se margina a emigrantes y refugiados, en particular los procedentes de países islámicos; se pretende levantar muros que denigran a vecinos; y se abandonan los compromisos internacionales para preservar el medio ambiente y enfrentar el cambio climático.
Asimismo, son motivo de preocupación las violaciones de los derechos humanos cometidas por los Estados Unidos en otros países, como las detenciones arbitrarias de decenas de presos en el territorio ilegalmente ocupado por la Base Naval de Guantánamo en Cuba, donde incluso se ha torturado; las ejecuciones extrajudiciales y las muertes de civiles causadas por bombas y el empleo de drones; y las guerras desatadas contra diversos países como Irak, sustentadas en mentiras sobre la posesión de armas de exterminio masivo, con consecuencias nefastas para la paz, la seguridad y la estabilidad de la región del Medio Oriente.
Recordamos que Cuba es Estado Parte de 44 instrumentos internacionales sobre los derechos humanos, mientras que los Estados Unidos lo es solo de 18, por lo que tenemos mucho que mostrar, opinar, y defender.
Al confirmar la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas, Cuba y los Estados Unidos ratificaron la intención de desarrollar vínculos respetuosos y de cooperación entre ambos pueblos y gobiernos, basados en los principios y propósitos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas. En su Declaración, emitida el 1 de julio de 2015, el Gobierno Revolucionario de Cuba reafirmó que “estas relaciones deberán cimentarse en el respeto absoluto a nuestra independencia y soberanía; el derecho inalienable de todo Estado a elegir el sistema político, económico, social y cultural, sin injerencia de ninguna forma; y la igualdad soberana y la reciprocidad, que constituyen principios irrenunciables del Derecho Internacional”, tal como refrendó la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los Jefes de Estado y Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en su II Cumbre, en La Habana. Cuba no ha renunciado a estos principios ni renunciará jamás.
El Gobierno de Cuba reitera su voluntad de continuar el diálogo respetuoso y la cooperación en temas de interés mutuo, así como la negociación de los asuntos bilaterales pendientes con el Gobierno de los Estados Unidos. En los dos últimos años se ha demostrado que los dos países, como ha expresado reiteradamente el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz, pueden cooperar y convivir civilizadamente, respetando las diferencias y promoviendo todo aquello que beneficie a ambas naciones y pueblos, pero no debe esperarse que para ello Cuba realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia, ni acepte condicionamientos de ninguna índole.
Cualquier estrategia dirigida a cambiar el sistema político, económico y social en Cuba, ya sea la que pretenda lograrlo a través de presiones e imposiciones, o emplean-do métodos más sutiles, estará condenada al fracaso.
Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los realizados desde 1959 y los que estamos acometiendo ahora como parte del proceso de actualización de nuestro modelo económico y social, los seguirá decidiendo soberanamente el pueblo cubano.
Como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible.
La Habana, 16 de junio de 2017.

Diez claves de la política de Donald Trump hacia Cuba




Granma comparte con sus lectores las opiniones y análisis de importantes académicos, políticos y medios de comunicación de ambos lados del estrecho de la Florida, con el objetivo de contextualizar los pronunciamientos de Trump y su posible trascendencia en el futuro de los nexos entre ambos países



18 de junio de 2017 23:06:34


El cambio de política hacia Cuba, anunciado el pasado viernes en Miami por el presidente estadounidense Donald Trump, implica un retroceso en varios aspectos de las relaciones bilaterales, al tiempo que se mantienen en pie buena parte de los discretos avances alcanzados desde el 17 de diciembre del 2014 con la administración de Barack Obama.

Granma comparte con sus lectores las opiniones y análisis de importantes académicos, políticos y medios de comunicación de ambos lados del estrecho de la Florida, con el objetivo de contextualizar los pronunciamientos de Trump y su posible trascendencia en el futuro de los nexos entre ambos países.

1. EL PRESIDENTE PAGÓ UNA SUPUESTA DEUDA CON LA ULTRADERECHA DE MIAMI

El contenido de los pronunciamientos, el lugar escogido y la audiencia que acompañó al presidente en el teatro de Miami que lleva el nombre del mercenario de Playa Girón Manuel Artime, confirmaron las sospechas de muchos analistas de que el mandatario estaba asesorado exclusivamente por un puñado de personas que no representan a la mayoría de la opinión pública estadounidense ni a la comunidad cubana en ese país.

«Creo que el presidente está pagando deudas políticas al senador Marco Rubio y al representante Mario Díaz-Balart», dijo a este diario el abogado estadounidense Robert Muse, quien tiene amplia experiencia en el estudio de las relaciones entre Washington y La Habana.

Gracias a su cercanía con el presidente, el uso de artimañas políticas y el empleo de sus influyentes puestos en el Congreso como moneda de cambio, ambos legisladores republicanos se convirtieron en los principales artífices del timonazo de la Casa Blanca.

«La nueva política de Trump hacia Cuba está dictada por consideraciones de política doméstica, no por intereses de política exterior», apunta William Leogrande, profesor de Gobernanza de la Universidad Americana. «El propio presidente dijo que estaba pagando una deuda política que siente con los cubanoamericanos conservadores por su apoyo en la campaña para las elecciones».

2. LOS CAMBIOS AFECTAN LOS PROPIOS INTERESES DE LOS ESTADOS UNIDOS Y DAÑAN AL PUEBLO CUBANO

En su afán por complacer a la ultraderecha de la Florida y desmontar el legado de su predecesor demócrata, Trump optó por afectar los intereses de amplios sectores en los Estados Unidos y reforzar la política de bloqueo que causa ingentes daños al pueblo de la Isla. Su frase «Estados Unidos primero» parece no aplicarse a Cuba.

«Los cambios son serios: no se permitirán transacciones con empresas cubanas vinculadas a las Fuerzas Armadas y los viajes educacionales de pueblo a pueblo vuelven a necesitar el auspicio de organizaciones», opina Phil Peters, presidente del Centro de Investigaciones sobre Cuba.

«Se trata de un retroceso hueco en relación con la normalización que da un golpe a la libertad de los estadounidenses de viajar, a nuestra seguridad nacional y a las personas en Cuba que ansían reconectarse con los Estados Unidos; todo para cumplir un favor político con una pequeña facción local», dijo el senador demócrata Patrick Leahy, favorable a los nexos, después de los anuncios de Trump.

Pero son muchos los sectores dentro de los Estados Unidos temerosos de que un deterioro de las relaciones con La Habana pueda afectar los avances en otras áreas. 

La Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAC) recordó la importancia del intercambio fluido que ha sostenido en los últimos años con la Academia de Ciencias de Cuba. Señaló que ambos países comparten clima, aguas y enfermedades. «La ciencia no tiene fronteras», aseguraron tras apuntar que continuarán enfocados en el intercambio con su contraparte cubana.

Grupos de agricultores criticaron la postura de Trump señalando que podría detener el incremento en las exportaciones hacia Cuba que, según Reuters, ascendieron a 221 millones de dólares en el 2016.

Esa cifra se alcanzó a pesar de que sigue prohibido por ley el otorgamiento de créditos para la compra de alimentos y se obliga a Cuba a pagar en efectivo.

Otra de las contradicciones que señalan los especialistas es el supuesto enfoque de la nueva política hacia la defensa de la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Cerca de una docena de ex altos oficiales estadounidenses enviaron en abril una carta al asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, el general H. R. McMaster, para aconsejarle que cortar los lazos con la Isla tendría repercusiones para la seguridad de Estados Unidos y que la Isla puede ser un importante aliado en el enfrentamiento al narcotráfico y el manejo de emergencias.

3. LA IDEA DE SANCIONAR A LAS EMPRESAS VINCULADAS CON LAS FUERZAS ARMADAS REVOLUCIONARIAS (FAR) Y LOS SERVICIOS DE SEGURIDAD E INTELIGENCIA CUBANOS ES UNA VIEJA ASPIRACIÓN DE LA ULTRADERECHA CUBANOAMERICANA

La aspiración de golpear a este sector es de vieja data entre los legisladores cubanoamericanos, que a pesar de sus éxitos en el fortalecimiento del bloqueo no han logrado ahogar a la economía cubana.

En junio del 2015, Marco Rubio presentó un proyecto de ley en el Senado para prohibir cualquier transacción con empresas del sector militar cubano.

Asimismo, el proyecto de ley del presupuesto de servicios financieros y gastos generales del gobierno para el 2017, aprobado en la Cámara de Representantes el año pasado, incluía una cláusula para lograr el mismo fin, defendida por Díaz-Balart.

Ambas iniciativas fracasaron en el Congreso por lo que los legisladores aprovecharon la oportunidad para incluir sus objetivos en el cambio de política de Trump.

Muchas de las empresas administradas por las FAR se encuentran entre las más eficientes y productivas del país, crean productos y servicios de alto valor agregado y emplean a cientos de miles de personas. Sus ganancias, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares del mundo, se revierten en la calidad de vida del pueblo.

4. RUBIO Y DÍAZ-BALART CHOCARON CONTRA EL RECHAZO MAYORITARIO A SUS POLÍTICAS

Según reportaron medios estadounidenses como The Hill, los primeros borradores presentados a Trump con acciones contra Cuba incluían medidas mucho más severas, desde cortar por completo los lazos diplomáticos hasta volver a incluir a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo.

Sin embargo, las ideas más radicales de Rubio y Díaz-Balart chocaron contra el inmenso apoyo a la política de acercamiento dentro de las propias agencias gubernamentales de Estados Unidos y en amplios sectores de ese país.

Durante los últimos meses más de 40 empresas vinculadas al negocio de los viajes, dirigentes de gigantes como Google y Marriot, congresistas de ambos partidos, organizaciones de la comunidad cubana, los principales medios de prensa estadounidenses, líderes políticos y sociales de todo el espectro e incluso varias entidades civiles desde la Isla, hicieron llegar al mandatario su deseo de que se mantuvieran los nexos entre Washington y La Habana.

«La Casa Blanca quedó atrapada entre la opinión pública, que favorece los viajes y el comercio, y sus concesiones a Rubio y Díaz-Balart», dijo a Granma Collin Laverty, presidente de la agencia de Viajes Educacionales a Cuba. «El presidente dijo que había “cancelado el acuerdo de Obama”, pero en realidad se quedó en los bordes porque sabe que la apertura de Obama fue popular».

5. OBAMA NO HIZO CONCESIÓN ALGUNA A CUBA

Una de las ideas defendidas por el presidente durante su discurso el viernes pasado fue la necesidad de acabar con supuestas «concesiones unilaterales» a Cuba por parte de Barack Obama, a partir de los anuncios del 17 de diciembre del 2014.

Sin embargo, en ninguno de los 22 acuerdos firmados en los últimos dos años se puede encontrar una sola medida que beneficie exclusivamente a Cuba.

Poder trabajar de conjunto ante un derrame de petróleo en el estrecho de la Florida; combatir el ciberdelito, el terrorismo o el narcotráfico, reforzar la seguridad en la navegación marítima o compartir experiencias en el enfrentamiento al cáncer, benefician por igual a Cuba y Estados Unidos.
Asimismo, los cambios limitados que hizo Obama a la aplicación del bloqueo tenían claros intereses políticos por parte de Estados Unidos y contenían una intencionalidad marcada de favorecer a determinados sectores de la sociedad cubana.

6. TRUMP DESEMPOLVÓ LA RETÓRICA DE LA GUERRA FRÍA

Si bien la mayor parte de las medidas anunciadas por Trump estaban dentro de los pronósticos de los analistas, la gran sorpresa de su presentación del viernes fue la retórica burda y ofensiva que utilizó contra Cuba, que se remonta a una época de Guerra Fría que ambos países habían comenzado a superar.

«No debería sorprendernos», opina el profesor e investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos, de la Universidad de La Habana (Cehseu), Luis René Fernández, quien destaca el pasado del presidente como presentador de reality shows. «El motivo real de la retórica de Trump son las dificultades políticas internas que enfrenta y el escenario de Miami, donde estuvo rodeado por grupos ignorantes y reaccionarios».

La historia ha demostrado que incluso en las peores situaciones —co­mo la del periodo especial de los años 90 del siglo pasado a partir de la caída del campo socialista y el recrudecimiento del bloqueo—, Cuba sobrevivió y comenzó su recuperación de forma exitosa, señala el académico cubano. «Obviamente hoy estamos en mejores condiciones de enfrentar esta vieja y fallida política».

7. CUBA NUNCA HA NEGOCIADO BAJO PRESIONES

Cuba y los Estados Unidos tienen una larga historia de negociaciones, tanto secretas como públicas, que van desde la administración de John F. Kennedy hasta la de Barack Obama. Una constante ha sido la posición de La Habana de no ceder a presiones o chantajes, ni negociar aspectos de su soberanía.

«Cualquiera que conozca Cuba, sabe que apuntar con el dedo, señalar y amenazar no producirá ningún resultado», opina Laverty.

La Declaración del Gobierno Revolucionario, publicada tras el discurso de Trump, ratifica ese principio citando su pronunciamiento del 1ro. de julio del 2015 tras la entrega de las cartas para restablecer los nexos entre Cuba y Estados Unidos: «Estas relaciones deberán cimentarse en el respeto absoluto a nuestra independencia y soberanía; el derecho inalienable de todo Estado a elegir el sistema político, económico, social y cultural, sin injerencia de ninguna forma; y la igualdad soberana y la reciprocidad, que constituyen principios irrenunciables del Derecho Internacional, tal como refrendó la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los Jefes de Estado y Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en su II Cumbre, en La Habana». Y concluye «Cuba no ha renunciado a estos principios ni renunciará jamás».

8. NO TODAS LAS PUERTAS ESTÁN CERRADAS

Los especialistas consultados por Granma coinciden en que el cambio de política de Trump constituye un retroceso en las relaciones, pero todavía hay espacio para que los dos países continúen buscando canales de cooperación.

«A pesar de la retórica política, la administración Trump quiere trabajar con el gobierno cubano en áreas de interés mutuo, tales como la aplicación de la ley, la lucha contra el narcotráfico y la cooperación», asegura a este diario James Williams, presidente de la coalición Engage Cuba, que aboga en Washington por el levantamiento del bloqueo.

Hasta el momento, ninguno de los 22 acuerdos firmados entre los países en distintas esferas ha sido suspendido, señala el profesor William Leogrande como una señal de esperanza.

El académico cubano, Luis René Fernández, apunta que, a pesar de que Washington haya optado por regresar a una política fallida, Cuba continuará con éxito el proceso de actualización de su modelo económico, lo cual le abre muchas posibilidades.

9. EL CONGRESO: OTRO CAMPO DE BATALLA

Aunque el presidente tiene amplias potestades para dirigir las relaciones exteriores e incluso cambiar la aplicación práctica del bloqueo, las políticas agresivas contra Cuba están asentadas con fuerza en el Congreso.

En estos momentos hay varios proyectos de ley a favor y en contra de los nexos en el legislativo. Uno de los más adelantados es el que defienden el republicano Jeff Flake y el demócrata Patrick Leahy en el Senado para levantar todas las prohibiciones de los viajes.

No es la primera vez que se presentan iniciativas similares, pero en esta ocasión destaca el apoyo bipartidista, con más de medio centenar de copatrocinadores en el Senado.

«Cualquier política de disminuya la habilidad para viajar libremente a Cuba no está en los intereses de Estados Unidos ni del pueblo cubano. Es tiempo de que el liderazgo del senado finalmente permita un voto a mi proyecto de ley que levantaría totalmente estas restricciones arcaicas que no existen para ningún otro país del mundo», dijo el senador Flake en un comunicado después de los pronunciamientos de Trump.

Según Reuters, Flake considera que, de someterse a escrutinio, podría obtener hasta 70 votos favorables en el hemiciclo de 100 asientos. Un proyecto similar tendría que ser discutido en la Cámara de representantes, donde el balance no es favorable, pero sin dudas las condiciones son mucho más propicias que el año pasado.

«Ya estamos viendo un florecimiento de las críticas a esta nueva política por parte de los republicanos en el Congreso», refiere Williams. «Esperamos que esto sirva como catalizador para que el Congreso dé los pasos y remueva por completo las restricciones a los viajes y el comercio».

10. HAY QUE ESPERAR POR LAS REGULACIONES PARA SABER EL VERDADERO ALCANCE DE LAS MEDIDAS

La directiva política firmada por Trump deroga la anterior directiva del presidente Obama, define algunas líneas generales sobre cómo implementar las nuevas restricciones a los viajes y el comercio.

Sin embargo, ofrece plazos de 30 a 90 días, y otros indefinidos, para la publicación de las regulaciones específicas por las distintas agencias involucradas.

Hasta que no entren en vigor las medidas y se conozca la letra pequeña que regirá su implementación, resulta difícil conocer el alcance y posible impacto de las nuevas medidas de Trump.


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Naomi Klein: Now let's fight back against the politics of fear


Political shocks, security shocks, climate shocks – however unstable the world seems now, things could get a lot worse. But we can unite for a better future
S
hock. It’s a word that has come up again and again since Donald Trump was elected in November 2016 – to describe the poll-defying election results, to describe the emotional state of many people watching his ascent to power, and to describe his blitzkrieg approach to policymaking. A “shock to the system” is precisely how his adviser Kellyanne Conway has repeatedly described the new era.

For almost two decades now, I’ve been studying large-scale shocks to societies: how they happen, how they are exploited by politicians and corporations, and how they are even deliberately deepened in order to gain advantage over a disoriented population. I have also reported on the flipside of this process: how societies that come together around an understanding of a shared crisis can change the world for the better.
Watching Donald Trump’s rise, I’ve had a strange feeling. It’s not just that he’s applying shock politics to the most powerful and heavily armed nation on earth; it’s more than that. In books, documentary films and investigative reporting, I have documented a range of trends: the rise of superbrands, the expanding power of private wealth over the political system, the global imposition of neoliberalism, often using racism and fear of the “other” as a potent tool, the damaging impacts of corporate free trade, and the deep hold that climate change denial has taken on the right side of the political spectrum. And as I began to research Trump, he started to seem to me like Frankenstein’s monster, sewn together out of the body parts of all of these and many other dangerous trends.
Ten years ago, I published The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism, an investigation that spanned four decades of history, from Chile after Augusto Pinochet’s coup to Russia after the collapse of the Soviet Union, from Baghdad under the US “Shock and Awe” attack to New Orleans after Hurricane Katrina. The term “shock doctrine” describes the quite brutal tactic of systematically using the public’s disorientation following a collective shock – wars, coups, terrorist attacks, market crashes or natural disasters – to push through radical pro-corporate measures, often called “shock therapy”.
Though Trump breaks the mould in some ways, his shock tactics do follow a script, one familiar from other countries that have had rapid changes imposed under the cover of crisis. During Trump’s first week in office, when he was signing that tsunami of executive orders and people were just reeling, madly trying to keep up, I found myself thinking about the human rights advocate Halina Bortnowska’s description of Poland’s experience when the US imposed economic shock therapy on her country in the midst of communism’s collapse. She described the velocity of change her country was going through as “the difference between dog years and human years” and she observed that “you start witnessing these semi-psychotic reactions. You can no longer expect people to act in their own best interests when they’re so disoriented they don’t know – or no longer care – what those interests are.”
From the evidence so far, it’s clear that Trump and his top advisers are hoping for the sort of response Bortnowska described, that they are trying to pull off a domestic shock doctrine. The goal is all-out war on the public sphere and the public interest, whether in the form of antipollution regulations or programmes for the hungry. In their place will be unfettered power and freedom for corporations. It’s a programme so defiantly unjust and so manifestly corrupt that it can only be pulled off with the assistance of divide-and-conquer racial and sexual politics, as well as a nonstop spectacle of media distractions. And, of course, it is being backed up with a massive increase in war spending, a dramatic escalation of military conflicts on multiple fronts, from Syria to North Korea, alongside presidential musings about how “torture works”.
Trump’s cabinet of billionaires and multimillionaires tells us a great deal about the administration’s underlying goals. ExxonMobil for secretary of state; General Dynamics and Boeing to head the department of defence; and the Goldman Sachs guys for pretty much everything that’s left. The handful of career politicians who have been put in charge of agencies seem to have been selected either because they do not believe in the agency’s core mission, or do not think the agency should exist at all. Steve Bannon, Trump’s allegedly sidelined chief strategist, was open about this when he addressed a conservative audience in February. The goal, he said, was the “deconstruction of the administrative state” (by which he meant the government regulations and agencies tasked with protecting people and their rights). “If you look at these cabinet nominees, they were selected for a reason, and that is deconstruction.”
Much has been made of the conflict between Bannon’s Christian nationalism and the transnationalism of Trump’s more establishment aides, particularly his son-in-law, Jared Kushner. And Bannon may well get voted off this gory reality show entirely before long (or maybe, given current legal troubles, it will be Kushner). Given these palace intrigues, it’s worth underlining that when it comes to deconstructing the state, and outsourcing as much as possible to for-profit corporations, Bannon and Kushner are not in conflict but in perfect alignment.
Under the cover of this administration’s constant cloud of chaos – some deliberately generated by Trump, much of it foisted upon him by his incompetence and avarice – this shared agenda is being pursued with methodical and unblinking focus. Trump and his cabinet of former corporate executives are remaking government at a startling pace to serve the interests of their own businesses, their former businesses and their tax bracket as a whole. For instance, within hours of taking office, Trump called for a massive tax cut, which would see corporations pay just 15% (down from 35%), and pledged to slash regulations by 75%. His tax plan includes a range of other breaks and loopholes for very wealthy people like the ones inhabiting his cabinet (not to mention himself). The healthcare plan he has backed will cause approximately 23 million people to lose coverage, while handing out yet more tax breaks to the rich.
He has appointed Kushner to head up a “Swat team” stacked with corporate executives who have been tasked with finding new regulations to eliminate, new programmes to privatise and new ways to make the US government “run like a great American company”. (According to an analysis by Public Citizen, Trump met with at least 190 corporate executives in less than three months in office – before announcing that visitor logs would no longer be made public). Pushed on what the administration had accomplished of substance in its first months, budget director Mick Mulvaney cited Trump’s hail of executive orders and stressed this: “Most of these are laws and regulations getting rid of other laws. Regulations getting rid of other regulations.”
White House Director of the National Economic Council Gary Cohn, Chief Strategist Steven Bannon, Chief of Staff Reince Priebus, EPA Administrator Scott Pruitt and Vice President Mike Pence applaud as US President Donald Trump announces his decision to withdraw from the Paris Climate Agreement. Rose Garden, White House, Washington, 1 June 2017. REUTERS/Joshua Roberts
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 Team building … applause greets Trump’s announcement that the US is withdrawing from the Paris Climate Agreement. Pictured are Gary Cohn, Steven Bannon, Reince Priebus, Scott Pruitt and Mike Pence. Photograph: Joshua Roberts/Reuters
That they are. Trump and his team are set to detonate programmes that protect children from environmental toxins, they have told gas companies they no longer need to report all of the powerful greenhouse gases they are spewing, and are pushing dozens and dozens of measures along the same lines. This is, in short, a great unmaking.
What Donald Trump’s cabinet represents is a simple fact: the people who already possess an absolutely obscene share of the planet’s wealth, and whose share grows greater year after year – the latest statistic from Oxfam shows eight men are worth as much as half the world – are determined to grab still more. According to NBC News in December 2016, Trump’s picks for cabinet appointments had a staggering combined net worth of $14.5bn (not including “special adviser” Carl Icahn, who’s worth more than $15bn on his own).
So let’s be honest about what is happening in Washington. This is not the usual passing of the baton between parties. It’s a naked corporate takeover, one many decades in the making. It seems that the economic interests that have long since paid off both major parties to do their bidding have decided they’re tired of playing the game. Apparently, all that wining and dining of elected officials, all that cajoling and legalised bribery, insulted their sense of divine entitlement. So now they’re cutting out the middlemen – those needy politicians who are supposed to protect the public interest – and doing what all top dogs do when they want something done right: they are doing it themselves.
Which is why serious questions about conflicts of interest and breaches of ethics barely receive a response. Just as Trump stonewalled on releasing his tax returns, so he has completely refused to sell, or to stop benefiting from, his business empire. That decision, given the Trump Organisation’s reliance on foreign governments to grant valuable trademark licences and permits, may in fact contravene the United States constitution’s prohibition on presidents receiving gifts or any “emolument” from foreign governments. Indeed, a lawsuit making this allegation has already been launched.
But the Trumps seem unconcerned. A near impenetrable sense of impunity – of being above the usual rules and laws – is a defining feature of this administration. Anyone who presents a threat to that impunity is summarily fired – just ask former FBI director James Comey. Up until now, in US politics there’s been a mask on the corporate state’s White House proxies: the smiling actor’s face of Ronald Reagan or the faux-cowboy persona of George W Bush (with Dick Cheney/Halliburton scowling in the background). Now the mask is gone. And no one is even bothering to pretend otherwise.
This situation is made all the more squalid by the fact that Trump was never the head of a traditional company but has, rather, long been the figurehead of an empire built around his personal brand – one that has, along with his daughter Ivanka’s brand, already benefited from its merger with the US presidency in countless ways (membership rates at Mar-a-Lago have doubled; Ivanka’s product sales, we are told, are through the roof). The Trump family’s business model is part of a broader shift in corporate structure that has taken place within many brand-based multinationals, one with transformative impacts on culture and the job market, trends that I wrote about in my first book, No Logo: Taking Aim at the Brand Bullies. What this model tells us is that the very idea that there could be – or should be – any distinction between the Trump brand and the Trump presidency is a concept the current occupant of the White House cannot begin to comprehend. The presidency is the crowning extension of the Trump brand.
The fact that such defiant levels of profiteering from public office can unfold in full view is disturbing enough. As are so many of Trump’s actions in his first months in office. But history shows us that, however destabilised things are now, the shock doctrine means they could get a lot worse.
The main pillars of Trump’s political and economic project are: the deconstruction of the regulatory state; a full‑bore attack on the welfare state and social services (rationalised, in part, through bellicose racial fearmongering and attacks on women for exercising their rights); the unleashing of a domestic fossil-fuel frenzy (which requires the sweeping aside of climate science and the gagging of large parts of the government bureaucracy); and a civilisational war against immigrants and “radical Islamic terrorism” (with ever expanding domestic and foreign theatres).
In addition to the obvious threats this entire project poses to those who are already most vulnerable, it’s a vision that can be counted on to generate wave after wave of crises and shocks. Economic shocks, as market bubbles – inflated thanks to deregulation – burst; security shocks, as blowback from anti-Islamic policies and foreign aggression comes home; weather shocks, as our climate is further destabilised; and industrial shocks, as oil pipelines spill and rigs collapse, which they tend to do when the safety and environmental regulations that prevent chaos are slashed.
All this is extremely dangerous. Even more so is the way the Trump administration can be relied upon to exploit these shocks to push through the more radical planks of its agenda.
A large-scale crisis – whether a terrorist attack or a financial crash – would likely provide the pretext to declare some sort of state of exception or emergency, where the usual rules no longer apply. This, in turn, would provide the cover to push through aspects of the Trump agenda that require a further suspension of core democratic norms – such as his pledge to deny entry to all Muslims (not only those from selected countries), his Twitter threat to bring in “the feds” to quell street violence in Chicago, or his obvious desire to place restrictions on the press. A large enough economic crisis would offer an excuse to dismantle programmes such as social security, which Trump pledged to protect but which many around him have wanted gone for decades.
Senior adviser Steve Bannon, White House chief of staff Reince Priebus, Jared Kushner and Stephen Miller arrive to board Air Force One with U.S. President Donald Trump to travel to Michigan from Joint Base Andrews, Maryland. REUTERS/Jonathan Ernst
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 Swat team … Steve Bannon, Reince Priebus, Jared Kushner and Stephen Miller. Photograph: Alamy
Trump may have other reasons for upping the crisis level. As the Argentinian novelist César Aira wrote in 2001: “Any change is a change in the topic.” Trump has already proven head-spinningly adept at changing the subject, using everything from mad tweets to Tomahawk missiles. Indeed, his air assault on Syria, in response to a gruesome chemical weapons attack, won him the most laudatory press coverage of his presidency (in some quarters, it sparked an ongoing shift to a more respectful tone). Whether in response to further revelations about Russian connections or scandals related to his labyrinthine international business dealings, we can expect much more of this topic changing – and nothing has the ability to change the topic quite like a large-scale shock.
We don’t go into a state of shock when something big and bad happens; it has to be something big and bad that we do not yet understand. A state of shock is what results when a gap opens up between events and our initial ability to explain them. When we find ourselves in that position, without a story, without our moorings, a great many people become vulnerable to authority figures telling us to fear one another and relinquish our rights for the greater good.
This is, today, a global phenomenon, not one restricted to the United States. After the coordinated terrorist attacks in Paris in November 2015, the French government declared a state of emergency that banned political gatherings of more than five people – and then extended that status, and the ability to restrict public demonstrations, until July 2017. In Britain, after the shock of the Brexit vote, many said they felt as though they’d woken up in a new, unrecognisable country. It was in that context that the UK’s Conservative government began floating a range of regressive reforms, including the suggestion that the only way for Britain to regain its competitiveness is by slashing regulations and taxes on the wealthy so much that it would effectively become a tax haven for all of Europe. Theresa May attempted to further exploit fear of the unknown to justify her decision to call a snap election; voters were told that the only way to not get bullied by the EU was to hand her an overwhelming mandate for “strong and stable leadership”.
The use of fear did not sit well with many voters, and that’s instructive. Because here’s one thing I’ve learned from reporting from dozens of locations in the midst of crisis, whether it was Athens rocked by Greece’s debt debacle, or New Orleans after Hurricane Katrina, or Baghdad during the US occupation: these tactics can be resisted. To do so, two crucial things have to happen. First, we need a firm grasp on how shock politics work and whose interests they serve. That understanding is how we get out of shock quickly and start fighting back. Second, and equally important, we have to tell a different story from the one the shock doctors are peddling, a vision of the world compelling enough to compete head to head with theirs. This values-based vision must offer a different path, away from serial shocks – one based on coming together across racial, ethnic, religious, and gender divides, rather than being wrenched further apart, and one based on healing the planet rather than unleashing further destabilising wars and pollution. Most of all, that vision needs to offer those who are hurting – for lack of jobs, lack of healthcare, lack of peace, lack of hope – a tangibly better life.
I don’t claim to know exactly what that vision looks like. I am figuring it out with everyone else, and I am convinced it can only be birthed out of a genuinely collaborative process, with leadership coming from those most brutalised by our current system. In the United States, led by networks such as Black Lives MatterFight for $15 (who are demanding a raise in the minimum wage) and National Nurses United, we are starting to see some very hopeful grassroots collaborations between dozens of organisations and thinkers who are beginning to come together to lay out that kind of agenda, one capable of competing with rising militarism, nationalism and corporatism. Though still in its early stages, it is becoming possible to see the outlines of a progressive majority, one grounded in a bold plan for the safe and caring world we all want and need.
All this work is born of the knowledge that saying no to bad ideas and bad actors is simply not enough. If we accept the premise that, from here on in, the battles are all defence, all about holding our ground against Trump-style regressive attacks, then we will end up in a very dangerous place indeed. Because the ground we were on before Trump was elected is the ground that produced Trump; ground many of us understood to constitute a social and ecological emergency, even without this latest round of setbacks.
Of course, the attacks coming from Trump and his kindred demagogues around the world need resisting fiercely. But we cannot spend the next four years only playing defence. The crises are all so urgent, they won’t allow us that lost time. On one issue I know a fair amount about, climate change, humanity has a finite window in which to act, after which protecting anything like a stable climate becomes impossible. And that window is closing fast.
So we need, somehow, to fight defence and offence simultaneously – to resist the attacks of the present day and to still find space to build the future we need. In other words, the firmest of nos has to be accompanied by a bold and forward-looking yes – a plan for the future that is credible and captivating enough that a great many people will fight to see it realised, no matter the shocks and scare tactics thrown their way. No – to Trump, to France’s Marine Le Pen, to any number of xenophobic and hypernationalist parties on the rise the world over – may be what initially brings millions into the streets. But it is yes that will keep us in the fight.
Yes is the beacon in the coming storms that will prevent us from losing our way.
Here is what we need to remember: Trump, extreme as he is, is less an aberration than a logical conclusion – a pastiche of pretty much all the worst trends of the past half-century. Trump is the product of powerful systems of thought that rank human life based on race, religion, gender, sexuality, physical appearance and physical ability – and that have systematically used race as a weapon to advance brutal economic policies since the earliest days of North American colonisation and the transatlantic slave trade. He is also the personification of the merger of humans and corporations – a one-man megabrand, whose wife and children are spinoff brands, with all the pathologies and conflicts of interest inherent in that. He is the embodiment of the belief that money and power provide a licence to impose one’s will on others, whether that entitlement is expressed by grabbing women or grabbing the finite resources from a planet on the verge of catastrophic warming. He is also the product of a business culture that fetishises “disruptors” who make their fortunes by flagrantly ignoring both laws and regulatory standards.
Most of all, he is the incarnation of a still-powerful free-market ideological project – one embraced by centrist parties as well as conservative ones – that wages war on everything public and commonly held, and imagines corporate CEOs as superheroes who will save humanity. In 2002, George W Bush threw a 90th birthday party at the White House for the man who was the intellectual architect of that war on the public sphere, the radical free-market economist Milton Friedman. At the celebration, then US secretary of defence Donald Rumsfeld declared: “Milton is the embodiment of the truth that ideas have consequences.” He was right – and Donald Trump is a direct consequence of those ideas.
In this sense, there is an important way in which Trump is not shocking. He is the entirely predictable, indeed cliched outcome of ubiquitous ideas and trends that should have been stopped long ago. Which is why, even if this nightmarish presidency were to end tomorrow, the political conditions that produced it, and which are producing replicas around the world, will remain to be confronted. With US vice president Mike Pence or speaker of the House Paul Ryan waiting in the wings, and a Democratic party establishment also enmeshed with the billionaire class, the world we need won’t be won just by replacing the current occupant of the Oval Office.
So, we first need to be very clear on what we’re saying no to – not just to an individual or even a group of individuals (though it is that too). We’re also saying no to the system that has elevated them to such heights. And then let’s move to a yes – a yes that will bring about change so fundamental that today’s corporate takeover will be relegated to a historical footnote, a warning to our kids. And Donald Trump and his fellow travellers will be seen for what they are: a symptom of a deep sickness, one that we decided, collectively, to come together and heal.
 Extracted from No Is Not Enough: Defeating the New Shock Politics by Naomi Klein, published by Allen Lane (£12.99) on 13 June